QUÉ PESCAR: CONOCÉ A LAS PRINCIPALES ESPECIES

La costa uruguaya ofrece una gran diversidad de especies deportivas que varían según la temporada y el equipo empleado, brindando a los pescadores múltiples opciones a lo largo del año. La pesca de fondo -con brótola, anchoa y burriqueta- se extiende casi todo el año, destacando la brótola entre mayo y octubre, cuando el agua está “tapada” y sopla el viento noreste. En primavera y otoño (septiembre a abril) reina la corvina rubia, que demanda buenos lances y carnadas como camarón, mejillón o sardina, acompañada por la corvina negra y otras especies de temporada como cazón, raya, chucho, guitarra y mochuelo. Desde agosto hasta abril, la burriqueta se pesca en canaletas cercanas, y el lenguado aparece a fines de octubre en bocas de arroyos y playas profundas, donde se requiere técnica y lectura del agua. En playas rocosas, el pejerrey y el sargo dominan los meses fríos, pero generalmente están todo el año.

En las aguas dulces ríos y arroyos, la tararira y la boga son las estrellas del verano, con el bagre negro, dientudos, y la carpa, activa todo el año. A esta pesca variada se suman especies como pescadilla, besugo, y pargo rosado que completan el esceneario de la pesca variada  del Uruguay.

CORVINA NEGRA

Entre los muchos tesoros que ofrecen las desembocaduras de los arroyos del estuario y las costas marítimas de Piriápolis, pocos despiertan tanta pasión entre los pescadores deportivos como la corvina negra (Pogonias cromis), en cualquiera de sus tamaños. Poderosa, desconfiada y de una nobleza que solo se gana en el combate, es sin duda una de las especies más deportivas del Río de la Plata: un verdadero trofeo para quien busca emociones fuertes y pesca de alto rendimiento.

Quien alguna vez la sintió al otro lado de la línea, sabe que su potencia no se olvida. Una vez clavada, desarrolla una fuerza bruta que pone a prueba cañas, brazos y paciencia. Según su tamaño, recibe distintos nombres: las menores, de hasta 1 kg, son las “tamberas ranas”, las “tamberas” alcanzan los 6 kg; las “criollas” llegan hasta los 12 kg, las “corvinas negras” superan los 17 kg, y las “miraguayas”, las más viejas, pueden alcanzar los 40 kg. Todas ofrecen la misma pelea: cabezazos potentes y tirones sostenidos.

Sin embargo, no siempre el pique refleja el tamaño. A veces una tambera de 4 o 5 kilos apenas da toques leves, casi imperceptibles, similares a los de una roncadera. Lo que significa que debemos tener en cuenta, que no siempre nos van a llevar puesta la caña del posa cañas o de la mano, pero una vez que aferramos y logramos pinchar nos damos cuenta. Siempre es bueno dejarla comer, pero la disparada en la clavada es clave, porque cuando pinchan arremeten por sobre las demás o el cardumen que las acompaña, y las espanta, por lo que es difícil que en el mismo lugar vuelva a ocurrir otro pique, en tan poco tiempo.

Su pesca no es sencilla: es un animal mañoso, de hábitos desconfiados y ambientes difíciles. En las costas del Río de la Plata al oeste de Maldonado -como la boca del arroyo Solís Grande y la barra del arroyo El Potrero, entre los roquedales de Punta Negra, las playas arenosas desde Sauce de Portezuelo hasta Ocean Park, y aisladamente en la desembocadura del arroyo Las Flores-, la experiencia del pescador se mide tanto en técnica como en resistencia física. Se buscan tanto a flor como a fondo, pero la primera opción es la que siempre rinde dado que el hábitat de las mismas se caracteriza por la poca agua y el suelo de pedregales, arenosos y de fango.

En esta zona, la Corvina Negra suele arrimarse en los meses cálidos, de noviembre a marzo, con picos de actividad durante noviembre y diciembre, cuando se muestra más agresiva al alimentarse. Es importante tener presente que entre los meses de noviembre y enero, rige todos los años, una veda que se requiere respetar para asegurar el desove de la especie y contribuir con su conservación y con la continuidad del desafío de pescarlas.

Las capturas suelen darse con marea alta, especialmente en los momentos en que esta coincide con la noche hasta el siguiente mediodía. Muchos pescadores locales aseguran que las dos primeras horas de la pleamar nocturna casi nunca fallan para los ejemplares grandes.

Para esta pesca no hay lugar para equipos livianos. Desde embarcación, se recomiendan cañas de 1,80 a 2,70 m, con nylon monofilamento 0.60 mm, línea madre de 0.70 mm con plomo pasante, brazoladas de 0.50 mm y plomadas tipo cuchara de 80 a 100 g. Los anzuelos más rendidores son los “garra de águila” nº5/0, o los “pata corta” nº6/0 o nº7/0.

De costa, lo ideal es una caña de 3,90 a 4,20 m, de acción de punta, con reels rotativos fuertes (tipo 7000) o frontales grandes. La línea corrediza con plomos chatos -menos proclives a engancharse- armada en 0.70 mm o más, y terminada en un anzuelo «pata corta» nº6/0, es la base clásica. En esta pesca, el exceso de resistencia nunca está de más: cuando se clava un monstruo de más de 20 kilos que se dispara entre los cangrejales, hay que traerlo “de prepo”. Muchos pescadores optan por usar nylon de color llamativo (naranja, celeste, verde o amarillo) para distinguir líneas y evitar cruces en plena disparada que estos ejemplares realizan y que nos puede hacer correr toda la playa con caña en mano.

La mejor carnada, sin discusión, es el “cangrejo sopita”. Algunos le quitan las pinzas, para evitar que el cangrejo que usamos como carnada corte el nylon, y otros prefieren que el animal quede en movimiento. En lo que sí coinciden varios pescadores, es presentarlo bien en el anzuelo, al sujetarlo con alambre de cobre o banda elástica para evitar que se desprenda por los descarnadores, en el caso que se opte por no pincharlos en el anzuelo. La “morocha”, como la llaman muchos, busca justamente ese alimento. No es raro en los arroyos, verla hociquear las barrancas para derribar los pequeños refugios donde los cangrejos se esconden, y verlas también coleteando a menos de 20 metros de la orilla.

Las corvinas negras más viejas y pesadas -de carne más dura y acorchada- no son las mejores para comer, pero sí las más valiosas para el mar. En cambio, los ejemplares chicos y medianos ofrecen una carne deliciosa, firme y sabrosa.

Cada hembra adulta puede liberar millones de huevos, garantizando futuras generaciones. Por eso, devolver al agua a uno de estos colosos es un gesto de grandeza: significa asegurar miles de nuevas corvinas para las peleas del futuro.

Las condiciones ideales llegan tras una sudestada calma, cuando el mar recupera claridad y el fondo se oxigena. En los cuerpos salobres y de agua dulce, con agua ordenada y en leve movimiento, la probabilidad de pique crece.

CORVINA RUBIA

Entre los peces más nobles y rendidores de nuestras costas, la corvina rubia (Micropogonias furnieri) ocupa un lugar de privilegio para el pescador deportivo. Es, sin exagerar, la reina del variado costero. Su presencia marca el pulso de la temporada de pesca, y su comportamiento previsible, pero no exento de desafíos, la vuelve un símbolo de la pesca costera y embarcada en Piriápolis, y todo el este uruguayo. Por su tamaño se le conoce como «roncadera» a los ejemplares de 5 a 20 cm y «mingo» a los ejemplares de 25 a 40 cm de longitud.

Su dieta delata su vida de fondo y su predilección por los roquedales cercanos a las costas. La corvina rubia es una oportunista inteligente que se alimenta de crustáceos, bivalvos como el mejillón y la almeja, poliquetos y, ocasionalmente, de pequeños peces como anchoítas, lacha, entre otras. Las horas clave de alimentación son el mediodía, la madrugada y el anochecer, momentos en que su instinto se activa y los estómagos se llenan. En esas franjas, los pescadores experimentados saben que las líneas deben estar tensas, porque es cuando el pique se vuelve franco.

La corvina rubia encarna algo esencial en la cultura pesquera del Río de la Plata: la emoción de un pique firme en la noche templada, la corrida hacia la costa y el “afloje” que anuncia la lucha. Es una especie ideal para quienes se inician en el arte de la pesca deportiva, porque brinda resultados con relativa facilidad y, a la vez, exige técnica si se busca capturar ejemplares grandes. Desde el arroyo Solís Grande hasta Ocean Park, pasando por Piriápolis y Playa Verde, las cañas se tienden con la esperanza de esa vibración inconfundible que sólo ella sabe dar.

Las condiciones ideales para tentar corvinas rubias son los días de viento sur o sureste, con el mar crecido y algo de oleaje. Son jornadas donde muchos prefieren quedarse a resguardo, pero los pescadores curtidos saben que es justo cuando la rubia se arrima a la costa en busca de alimento removido por la marea. En esos días “movidos”, es cuando se ubica a tiro de caña en la primera y segunda canaleta, siendo su actividad máxima en la pleamar. El amanecer rinde un poco mejor que el anochecer.

Los cebos más rendidores son los clásicos del variado costero, donde el langostino es la reina indiscutida. Su aroma y textura resultan irresistibles para la especie. Puede potenciarse en un “sándwich” con sardina o combinarse con bife de lisa untado en aceite de bacalao. El camarón, el cangrejo, bife de pejerrey, y la pulpa de mejillón e incluso el calamar, dan excelentes resultados. Cada pescador tiene su receta secreta, pero todos coinciden en que la frescura y la presentación marcan la diferencia. La clave de las carnadas es mantenerlas lo más frescas posible.

La distancia del lance depende del escenario. En zonas de piedra o de fondo mixto, como Bella Vista o Playa Verde, muchas veces conviene pescar cerca de la costa, donde el alimento natural se acumula entre las rocas.

En playas abiertas como Punta Negra, Sauce de Portezuelo y Ocean Park, en cambio, la distancia es clave: ganar metros puede ser la diferencia entre volver con las manos vacías o con la pieza soñada. Allí, los detalles del equipo son decisivos.

Reducir el diámetro del nylon -idealmente de 0,33 mm- mejora notablemente el tiro, ya que el hilo más fino genera menos resistencia y “panza” en el aire. Sin embargo, hay que compensar la fragilidad con un chicote resistente, que soporte el rozamiento con piedras o la tensión del lanzamiento. El reel debe acompañar la exigencia: un frontal cónico tamaño 10000, con carrete alto y poco rozamiento a la salida del nylon, garantiza mejor distancia y una buena recuperación. Quienes prefieren rotativos, como el clásico 1550, deben ajustar el freno para lograr un giro libre y una salida de línea suave que no penalice el lance.

La caña, por su parte, es el alma del equipo. Se recomienda una de 3,90 a 4,20 metros, capaz de lanzar hasta 250 gramos de plomo. Una caña rígida o dura ofrece mejor control, pero debe generar una buena parábola con plomos de 150 gramos, logrando así el equilibrio justo entre potencia y elasticidad. En cuanto a los anzuelos, pueden variar desde un nº2/0 hasta un nº5/0, y se sugiere mantener reinales de 60 a 70 cm, con nylon de 0,55 mm, suficientes para soportar los tirones sin restar sensibilidad.

Cuando muerde, no hay duda. El pique es decidido, la llevada firme y la pelea pareja. No ofrece las cabezadas violentas de su pariente, la corvina negra, pero su resistencia sostenida hace que cada captura sea una pequeña victoria. Su primera corrida puede ser tan brusca que, si la estrella del reel está cerrada, corta la línea o directamente arranca la vara del posa caña. Por eso, es fundamental dejar la estrella abierta, permitiendo que el nylon salga libremente en esos primeros segundos. Ese pequeño detalle puede salvar la jornada: la línea patina, el carrete respira y el pez no se siente atrapado, dándonos tiempo para tomar la caña y comenzar la pelea con ventaja.

En el corredor marítimo de Piriápolis, la corvina rubia y el mingo reinan desde primavera hasta el final del verano. La desembocadura del arroyo Solís, Bella Vista y Playa Verde, la bahía de Piriápolis, desde el muelle Stella Maris hasta Playa Grande, Punta Fría, San Francisco, y más allá, Punta Colorada y Punta Negra completan la ruta dorada de los pescadores. Playas que ofrecen fondos mixtos y corrientes bien oxigenadas, donde los piques de buena talla no se hacen esperar, sobre todo en noches cálidas de diciembre y enero.

BURRIQUETA

Entre todas las especies que tientan al pescador costero, desde Solís hasta Ocean Park, pasando por los clásicos rincones de Playa Verde, Playa Grande, Punta Colorada, San Francisco, Punta Fría o las playas de fondo pedregoso de Bella Vista y Las Flores, la burriqueta (Menticirrhus americanus) ocupa un lugar especial entre la primavera y el verano. Noble, combativa y de carne deliciosa, es sinónimo de jornadas tranquilas, de caña al sol y mar movido.

A diferencia de otras especies más esquivas, la burriqueta —al igual que el pejerrey— es un pez de playa. Se mueve muy cerca de la orilla, a menudo a escasos metros del primer pozo o canaleta, muchas veces a menos de 40 metros del borde de espuma. Por eso, es una captura ideal tanto para quienes se inician en la pesca como para los veteranos que buscan fineza y sensibilidad en el equipo.

Suele comer suave, sin arrastrar la caña, lo que exige atención y un equipo liviano. A veces, incluso, obliga a probar distintas distancias: si no hay pique, hay que variar los tiros.

Su tamaño promedio ronda entre los 600 gramos y el kilo, aunque no faltan los ejemplares que superan esa medida, especialmente en los meses templados, cuando el mar se enturbia y la rompiente se vuelve más activa.

La mayor cantidad de capturas se logran desde el mes de marzo hasta septiembre, aunque está presente en los enganches durante todo el año. Se pesca durante las 24 horas, aunque abunda mucho más de día.

En Punta Negra y Punta Colorada, las playas amplias y con declive ofrecen condiciones ideales, sobre todo con vientos del sur o sureste.

En Punta Fría y San Francisco, los pescadores locales recomiendan buscar sobre la canaleta del barlovento o los pozones más cercanos a la rompiente de playa, donde se dedica a comer en la «suciedad» de la espuma, donde se encuentran sus presas. Piriápolis, con su clásica rambla y acceso cómodo, es el punto perfecto para quienes disfrutan del confort de pescar cerca del centro. En el espigón de Playa Grande o en las pequeñas ensenadas de Playa Verde, las mejores jornadas suelen darse con marea creciente y carnada blanca, tirando en la primera canaleta o más allá de los bancos, sobre los espumones.

Hacia el oeste, Bella Vista y Solís completan el circuito con sus costas tranquilas de cantos rodados y el desafío de pescar sobre fondos de loza y rocosos a los que se acerca para comer. Allí, al amanecer o al atardecer, la burriqueta suele “dar” a corta distancia, y no es raro sacar piezas grandes sin alejarse más de 30 o 40 metros del agua.

La clave para el encuentro con las «burras», está en reducir el equipo. Achicar la caña, el nylon, el reel y el plomo: esa es la fórmula.

Una caña liviana de 2,70 a 3 metros, de acción de punta o media, es más que suficiente. Cuanto más sensible, mejor, ya que permite distinguir la picada suave característica de la especie.

El reel recomendado ronda el tamaño 4000 (en frontal), cargado con nylon 0.30 o multifilamento fino, capaz de manejar plomos de hasta 100 gramos.

En cuanto a la línea, lo más recomendable es una base de dos anzuelos con perlas de doble giro o rotor metálico, que evita enredos y mejora la sensibilidad. Algunos prefieren sumarle una boya aceituna pasante para que eleve y le otorgue movimiento al conjunto de anzuelos. Los anzuelos tipo cuello de ganso en tamaño 1/0 son perfectos.

La brazolada, de 60 a 70 centímetros en nylon 0.45 o 0.50, completa un armado eficaz. No se trata de potencia, sino de precisión: cuanto más liviano el conjunto, más fácil será percibir esa primera “mordida” tímida, que muchas veces anuncia una buena burriqueta. Al igual que en el caso del pejerrey, sumar un rulero cebador puede ayudar.

El plomo ideal debe ser liviano: 60 gramos es un buen punto de partida. Si el mar está más movido, puede usarse un conito de 80 gramos, pero con equipos chicos se evitará que la línea corra demasiado.

En las playas más expuestas al mar de viento, como Bella Vista, Punta Negra, Sauce de Portezuelo y Ocean Park, las condiciones suelen exigir un equipo más robusto. En estas zonas de rompientes marcadas y corrientes intensas, los pescadores pueden optar por reeles frontales medianos, cargados con hilo de 0,40 mm y chicote cónico para soportar la tensión cuando corre. Las líneas se arman con una madre de 0,45 mm y unos dos metros de largo, utilizando anzuelos nº 2/0 al nº 5/0. Los plomos tipo satélite, de hasta 200 gramos, aseguran una buena sujeción en el fondo.

Dado que el oleaje y las corrientes pueden ser fuertes en estas zonas, es importante atar firmemente la carnada para evitar que se desprenda antes de tiempo y mantenerla bien presentada durante la espera.

Para ofrecer una carnada más fina y natural, el clásico camarón común o langostino sigue siendo la opción más efectiva, aunque conviene cortarlo a lo largo para una buena presentación. También dan excelentes resultados las tiritas de lisa o pejerrey, que pueden potenciarse con aceite de bacalao o colorante rojo.

Lo importante es que el anzuelo quede bien expuesto, con la “muerte” libre, para asegurar una buena clavada.

BRÓTOLA

La brótola es una de las especies más apreciadas del litoral piriapolense, tanto por los pescadores deportivos como por los amantes de la buena mesa. Su carne blanca, suave y de sabor delicado es un tesoro gastronómico de Maldonado, aunque también frágil: si la pieza se deja demasiado tiempo fuera del agua, se vuelve “fofa” y pierde calidad. Por eso, es esencial llevar una conservadora para mantenerla en condiciones óptimas.

Deportivamente, se la pesca a lo largo de casi todo el litoral marítimo de Piriápolis, prefiriendo fondos rocosos o cercanos a ellos: muelles, escolleras, restingas y puntas de piedra. Los puntos más rendidores desde costa son Punta Negra (Rocamar), Punta Colorada (La Cuadrada y La Batidora), el puerto de Piriápolis y Playa Verde (Lamas y La Ahogada), donde acude a alimentarse de mejillones.

En pesca embarcada, el clásico “pocito de Punta Colorada”, a unos 700 metros de la costa y con 15 metros de profundidad frente al pesquero La Alta, ofrece ejemplares de mayor porte, especialmente durante las tardes de invierno, cuando el pique comienza a afirmarse.

En nuestra costa, la brótola comienza a aparecer en mayo, cuando baja la temperatura del agua, junto con especies como el besugo, burel, congrio, sable, pescadilla, pejerrey y burriqueta. Aunque es típica del invierno, también puede pescarse entre octubre y marzo, sobre todo de noche, formando parte de la variada de verano junto a corvinas negras y rubias, pescadillas, mochuelo, lisa, pez palo, chuchos, rayas, gatuzos, cazones y en el último tiempo las caballas.

Si bien puede picar a cualquier hora, muestra mayor actividad nocturna, alimentándose entre el crepúsculo y el amanecer. Su pique es sutil y delicado, apenas un par de golpecitos secos seguidos de una leve llevada que exige paciencia y atención.

La brótola no es exigente con la carnada: acepta camarón, langostino, sardina, lisa, mojarra e incluso bife de pejerrey. Sin embargo, la prolijidad en la presentación marca la diferencia. Lo ideal es ofrecer tiritas largas de carnada blanca (de lisa o pejerrey, por ejemplo) de unos 6 a 7 cm de largo por 1 cm de ancho, dejando tres o cuatro centímetros sobre el anzuelo y el resto colgando como una “banderita” que flamee con el movimiento del agua. Pueden macerarse desde el día anterior en aceite de bacalao o harina de krill para potenciar su aroma.

Para la brótola se utiliza el mismo equipo de verano que para la corvina rubia: una caña de lance de 4,20 m o más, capaz de soportar plomos de 120 a 150 g, reel frontal tamaño 4000 a 6000, con nylon 0.30 o 0.35 mm y chicote cónico o de 0.60 mm, y anzuelos circulares nº 3/0 a 5/0, ideales para carnadas voluminosas.

Una línea de fondo de hasta 1,50 m, con una brazolada de 0.35 mm y plomo pasante con tope corredizo, permite que el pez tome la carnada sin sentir resistencia. En la playa Lamas en Balneario Playa Verde, donde busca alimento en canaletas poco profundas, pueden usarse líneas de dos anzuelos.

En pesca nocturna, usar nylon fluorescente o una linterna frontal ayuda a detectar el pique, que muchas veces se traduce en una línea que se afloja al avanzar el pez hacia la costa.

Para lances largos, conviene una caña de 4,20 m o más, con plomos de 120 a 150 g. Aunque los reeles rotativos también son válidos, los frontales resultan más prácticos de noche, evitando las “galletas”. A veces, el pez aparece en cardúmenes, pero no todos los piques son visibles: cuando toma la carnada y avanza, la línea se destensa. La observación y sensibilidad del pescador son la clave. En el puerto de Piriápolis, donde se la pesca desde el muelle, se recomienda una caña más dura para poder elevar la pieza sobre las piedras.

La pesca de brótola tiene un encanto particular: es técnica, paciente y silenciosa, de esas que se disfrutan en la oscuridad de la playa, entre rocas, o en la luz tenue del puerto, con la caña apuntando al horizonte. En esas noches, cuando el nylon se afloja y el corazón se acelera, uno entiende por qué la llaman la dama del fondo.

Las playas del oeste de Maldonado ofrecen uno de los escenarios más completos para la pesca de pejerrey. Allí, entre canaletas y bancos de arena, se capturan ejemplares de distintos tamaños que ponen a prueba tanto la destreza como la paciencia del pescador. Se trata de una especie tradicionalmente valorada, tanto por la calidad de su carne como por su importancia en la pesca deportiva y recreativa.

Los mejores días para su pesca son aquellos ventosos del sur y frescos, que oxigenan el agua y activan el pique. Cuando el mar está movido, el pejerrey suele alimentarse en superficie; si el viento cesa y el agua se plancha, conviene alargar las brazoladas para buscarlo más profundo. También es recomendable elegir los sectores “donde muere el viento”, que son esos lugares donde se acumula alimento y los peces se concentran.

En la mayoría de las playas de Maldonado, el pejerrey se alimenta en la primera rompiente, cerca de la orilla, donde las olas levantan beriles y restos de alimento. Por eso no se requieren grandes lances: entre 15 y 40 metros suelen ser suficientes.

Desde Punta Negra hasta Ocean Park, al ser playas más profundas, la clave está en no sobrepasar la primera canaleta. Allí el pejerrey encuentra refugio y abundante comida. Los lances cortos, de 30 a 40 metros, resultan más efectivos que los tiros largos. Una vez capturado el primer ejemplar, conviene esperar el segundo pique, ya que los pejerreyes suelen desplazarse en grupos, lo que permite capturar dobletes o incluso tripletes.

Los mejores puntos de pesca se encuentran en: Solís (bajada del Hotel Alción), parada 24 de Bella Vista, Las Flores, Playa Verde, Playa Hermosa, plaza Armenia y playa de Piriápolis (desde ANCAP al Argentino Hotel), ramblita de los Ingleses, escollera norte del puerto de Piriápolis, muelle Stella Maris y “caño de OSE” en Punta Fría, Playa San Francisco, Rocamar, Las Gemelas y la ensenada del Potrero (Punta Negra, Sauce de Portezuelo y Ocean Park).

Durante el invierno, estas playas ofrecen excelentes capturas en los primeros metros de agua, especialmente al amanecer o con la marea creciente.

Existen dos modalidades principales para su pesca: pesca de flote, con boyas que regulan la profundidad de los anzuelos; y pesca de fondo, con plomo y anzuelos apoyados en el lecho.

El pejerrey rara vez supera los 500 gramos, por lo que no se requiere equipo pesado. Los equipos recomendados son livianos y sensibles, adaptados a la delicadeza de la especie. Lo ideal es un reel frontal o rotativo pequeño (2500 a 4000) con tanza fina (0,20 a 0,35 mm), rematada con un chicote de 0,30 a 0,70 mm, lo que permite lanzar el aparejo con fuerza sin riesgo de corte.

Se utilizan cañas de 2,40 a 3,50 metros, blandas y de acción parabólica, capaces de lanzar plomos de 50 a 100 gramos. Este tipo de acción permite emplear anzuelos más pequeños y ofrece una experiencia más sensible y divertida. Cuanto más liviano el conjunto -caña, reel, línea y plomo-, mayor es el disfrute de la pesca.

Las bases se arman sobre nylon 0,50 mm para mayor rigidez, con destorcedores corredizos que permiten ajustar la profundidad de los anzuelos. Los anzuelos finos y cristalinos, como los Maruto, son ideales para evitar que el pez detecte la trampa.

La pesca se realiza habitualmente con líneas de dos o tres anzuelos a fondo, aunque algunos pescadores prefieren boyas tipo “zanahoria” con cinco anzuelos y plomos de 80 a 100 gramos. Estas boyas mantienen las carnadas suspendidas y, gracias al movimiento de las olas, generan un efecto de atracción irresistible.

En zonas más profundas la técnica resulta especialmente efectiva, mientras que en la costa que va de Solís a Punta Negra se prefieren líneas corredizas y brazoladas largas para adaptarse al relieve del fondo.

La plomada, generalmente tipo ancla, debe adecuarse a la pendiente y a la energía del mar: se recomiendan pesos entre 50 y 150 gramos. En playas de fuerte oleaje se prioriza la sujeción; en mares calmos, la sensibilidad. Cuando se pesca a corta distancia y con plomos livianos, se aconseja usar tanza fina, que mejora la detección del pique ante el movimiento del oleaje o el viento.

Un detalle fundamental es preparar las carnadas con antelación. El camarón pelado puede cortarse en tiras delgadas y dejarse reposar la noche anterior con colorante rojo o amarillo, lo que intensifica su atractivo visual. El hígado de pollo con harina de krill, envasado al vacío, también es una excelente alternativa: firme, aromático y resistente al lance.

La lisa salada o coloreada se recomienda especialmente para los matungos, mientras que el piojo de mar resulta muy efectivo con líneas de zanahoria en zonas de buena profundidad.

PESCADILLA

La pescadilla de calada (Cynoscion guatucupa), conocida también como “pescadilla de red” en Argentina, es una de las especies más atractivas y rendidoras para los pescadores deportivos del litoral atlántico uruguayo. De pique franco y combativo, resulta ideal para equipos livianos, ofreciendo una experiencia entretenida y deportiva. Su carne blanca, firme y sabrosa, es muy apreciada por el excelente rendimiento que da al filetearla, especialmente para quienes disfrutan de prepararla “a la romana”, una delicia costera que nadie debería dejar pasar.

En el oeste de Maldonado, la pescadilla se captura de fondo, “al vuelo” con carnada, o mediante técnicas de spinning y fly cast, siempre con anzuelos cromados nuevos. Su presencia se extiende a lo largo de las costas de arena y piedra entre Solís y Punta Negra, donde se la encuentra casi todo el año. Sin embargo, la temporada más rendidora abarca desde fines de agosto hasta marzo, con buena actividad las 24 horas, tanto desde playas, muelles o escolleras.

Durante el otoño e invierno, las mayores concentraciones se ubican frente a Piriápolis, Punta Colorada y Punta Negra, donde forma cardúmenes muy compactos: cuando pica una, suelen venir varias seguidas. En invierno y primavera se acerca a la costa continental para reproducirse, manteniéndose en el fondo durante el día y ascendiendo a media agua en la noche.

La pescadilla comparte hábitat con la corvina rubia, se alimenta de las mismas carnadas y se pesca de forma similar. Es una cazadora voraz, que se alimenta de peces pequeños, camarones, langostinos y crustáceos. No suele superar los 1,5 kg ni los 55 cm de largo, aunque los ejemplares de más de 40 cm ya ofrecen una pelea memorable con equipos livianos. Su pique es firme y a veces violento, con fuertes llevadas y corridas, aunque al clavarse en el anzuelo su resistencia disminuye.

Se trata de un pez glotón, capaz de tomar tanto carnadas naturales como artificiales. Entre las más rendidoras se destacan:

Camarones o langostinos frescos.

Filetes de sardina fresca sin descamar, aprovechando el brillo de las escamas.

Filetes de pejerrey o de la misma pescadilla, también con escamas.

Filete de lisa, muy eficaz y duradero.

Una combinación muy efectiva consiste en agregar un pequeño filete de pejerrey al cebo principal, lo que suele disparar la actividad del cardumen.

Para disfrutar al máximo esta pesca, se recomiendan equipos livianos:

Cañas de 3,90 a 4,20 metros, de acción 5 o 6.

Reeles frontales o rotativos, cargados con sedal de 0,28 a 0,30 mm, y un chicote de salida de 0,70 mm.

La línea debe ser simple pero efectiva, con rotores/destorcedores y brazoladas de al menos 0,80 m, para dar naturalidad al movimiento del cebo tanto al vuelo como a media agua o fondo.

En la pesca de fondo, conviene que el anzuelo inferior quede algo separado del fondo. Esto se logra tensando la línea luego de colocar una plomada de fijación (alambre o triangular), sobre una madre de 0,50 mm con brazoladas de 0,35 a 0,40 mm. Rinde más si las brazoladas están algo elevadas, de modo que la última —si se usan dos anzuelos— quede a unos 40 o 50 cm del plomo.

Un consejo práctico: si se usan dos anzuelos, deje comer y pelear suavemente al primer pique, y casi enseguida sentirá cómo se clava la segunda.

En embarcación, la estrategia cambia: se recomiendan cañas cortas y potentes, de hasta 2,50 metros y capacidad para 300 gramos. Una vez encontrado un banco de pescadillas, la pesca puede volverse frenética: mientras los peces estén presentes y la embarcación bien posicionada, no hay necesidad de moverse. Cada lance puede convertirse en una recompensa inmediata.

En el oeste de Maldonado, las pescadillas suelen encontrarse a 200 o 300 metros de la costa, en profundidades de 5 a 6 metros, especialmente cerca de las restingas a unos 600 metros. Son peces de buen apetito, por lo que conviene llevar abundante carnada. Con la llegada de los primeros fríos, aparecen en grandes cantidades, generalmente acompañadas por la brótola, ofreciendo las mejores jornadas de pesca en los meses fríos.

Suelen picar en el anzuelo más alejado del fondo, casi a media agua, aunque los ejemplares mayores prefieren el que está más cerca del lecho marino. Dado que son especialmente activos por la noche, se recomienda usar accesorios luminosos, como plomadas y perlas brillantes, que resultan irresistibles para esta especie.

LENGUADO

Entre las arenas y veriles del oeste de Piriápolis —en lugares como Solís, Las Flores, Playa Verde, Punta Negra, Sauce de Portezuelo y Ocean Park— se esconde uno de los mayores desafíos para el pescador deportivo: el lenguado. Camuflado en el fondo y paciente como pocos, este cazador aguarda al borde de las corrientes el momento justo para lanzarse sobre su presa. Depredador de emboscada por excelencia, se mimetiza con la arena y espera inmóvil junto a los veriles, lanzándose con rapidez y precisión cuando una posible víctima pasa cerca. Su boca protráctil y su poder de succión lo convierten en un cazador perfecto.

Para dar con él, es imprescindible aprender a “leer el agua”: allí donde una franja se mueve y la otra permanece quieta se forma el veril, el límite natural donde el lenguado acecha semienterrado. La pesca se realiza principalmente desde la costa o en kayak, cerca de desembocaduras y escolleras donde se mezclan las aguas dulce y salada, y donde suele haber pequeños cardúmenes. Los puntos más rendidores incluyen la boca del arroyo Solís Grande, la barra del arroyo El Potrero, Punta Negra y las playas comprendidas entre Sauce de Portezuelo y Ocean Park.

Puede pescarse durante todo el año, aunque en invierno los ejemplares son menos activos. La mejor temporada va de octubre a marzo, con picos de actividad en diciembre y enero. Los mejores momentos del día son el amanecer y el atardecer, cuando el lenguado se activa para cazar.

El lenguado no persigue su presa, por lo que su pesca combina movimiento y paciencia: se lanza, se recoge lentamente y se vuelve a lanzar, explorando distintos sectores según el movimiento del agua. Al sentir el pique, conviene liberar el pick-up y esperar el segundo tirón antes de aferrar. La carnada ideal es filete fresco de pejerrey, entero si es pequeño o en filete si es grande, procurando imitar el nado natural de un pez vivo. También dan buenos resultados la brótola, la burriqueta o la lisa (si se busca un aroma fuerte), además del camarón fresco o tiras de calamar. Entre los señuelos más efectivos destacan los tucan flex, spinners y rapalas plateadas de hasta 40 g, además de gomas de silicona y cabezas de jig con peso integrado.

El aparejo típico combina cañas de 2,50 a 3 metros con buena acción, reeles frontales medianos o tipo “galletita” (baitcast) o rotativos, línea madre de 0,40 mm, chicote de 0,60 mm y brazoladas de 60 a 90 cm. Los anzuelos se colocan estratégicamente en el pejerrey o medio pejerrey (banderita): uno simple en la cabeza para mantener la carnada alineada y uno triple en la cola, o bien un anzuelo simple de pata larga con hilo y aguja para lograr un movimiento más realista. Se prefieren plomos finos y alargados de 40 a 80 gramos, que se desplazan de forma natural y no asustan al pez.

Los pescadores locales recomiendan un anzuelo de pata larga para colocar un filete de unos 15 cm, dejando la cola libre para que “nade” y atraiga al lenguado. El aparejo ideal incluye un destorcedor de buena calidad a unos 10 cm de la plomada, ya que no es raro encontrarse con ejemplares que superan los 10 kilos. Se utiliza una base de nylon de 0,60 mm, brazolada de unos 90 cm y plomos alargados de 40, 60 u 80 g. La distancia de la carnada respecto al plomo -gracias al reinal largo- permite un movimiento libre y tentador.

Conviene emplear cañas livianas de 2,50 a 3 metros, con acción para lanzar plomos de hasta 100 g, y reeles frontales o rotativos cargados con nylon de 0,40 mm y chicote de 0,60 mm, resistente a cortes por piedras y correntadas. Los aparejos de una o dos brazoladas son los más prácticos: con una sola brazolada se reducen enganches en corrientes fuertes. Es recomendable usar un posa-cañas alto para mantener el equipo y los baldes fuera del agua, y contar con un arpón o pinza para extraer el lenguado de forma segura.

Para quienes prefieren la pesca embarcada, las zonas frente a Punta Colorada y la desembocadura del arroyo Solís Grande permiten alcanzar ejemplares de mayor tamaño. Y un último consejo local: en los días nublados, cuando el sol no encandila el fondo, el lenguado se muestra más confiado. Esos son, sin duda, los mejores momentos para tentar su mordida desde la costa.

SARGO

Entre las rocas batidas por el oleaje y el rumor constante del mar, el sargo se ha ganado su lugar como uno de los peces más desafiantes y deportivos del litoral piriapolense. Esta especie -de hábitos astutos y combativos- ha ido conquistando a los aficionados a la pesca deportiva que buscan emoción, técnica y contacto pleno con la naturaleza. En Maldonado se ha convertido en una actividad muy popular entre los aficionados a la pesca recreativa.

Los mejores escenarios se extienden especialmente en los roquedales y zonas rocosas de Playa Verde, Playa Grande, Piriápolis, Punta Fría, Punta Colorada y Punta Negra. Allí, entre colonias de mejillones, almejas y crustáceos, los sargos encuentran alimento y refugio, especialmente cuando la marea sube y las aguas se tornan turbias y espumosas.

Su pesca puede practicarse durante todo el año, aunque las mejores capturas se registran de abril a junio, extendiéndose hasta octubre según el clima y la actividad del mar. En primavera y verano, entre septiembre y enero, predominan los ejemplares juveniles, por lo que los pescadores más responsables suelen devolverlos al agua para preservar la población. A partir de enero aparecen las piezas grandes, esas que hacen vibrar la caña y ponen a prueba la paciencia y la destreza del pescador.

El sargo habita en zonas rocosas de fuerte oleaje, por lo que acceder a sus pesqueros muchas veces depende de la marea baja y de conocer bien el terreno. Los pioneros de esta pesca, fueron perfeccionando con los años un estilo propio, adaptando cañas, líneas y técnicas a las particularidades del medio.

Las técnicas más efectivas combinan la observación de la marea con una buena elección del punto de lance. Se comienza habitualmente con marea baja y se acompaña la subida, cuando los sargos, se acercan al intermareal a alimentarse. Para optimizar la captura de sargo en estos ambientes rocosos y con oleaje, se aconseja preparar un buen equipo que consista de: cañas largas para líneas a flote o equipos de spinning livianos montados para líneas de fondo; bajo de línea de nylon resistente, recomendable alrededor de 0,40 mm de diámetro o similar, para resistir tensión y roce con las rocas; anzuelos medianos, de acero inoxidable para evitar oxidación; tamaños usuales: 4/0 o 5/0, que estén bien afilados para una buena enganche del pez; plomadas alternativas al plomo tradicional: trozos de hierro o cadenas viejas atadas con nylon fino, lo que permite su degradación en caso de pérdida, no contaminan como el plomo y que en caso de enganche se cortan sin perder toda la línea.

El secreto está en lanzar el cebo apenas más allá de la rompiente, apuntando a esos claros entre las rocas o a las franjas de arena que se dejan ver cuando la marea baja. A veces, la distancia supera los 50 metros, y en esos casos el uso de un plomo con destrabe resulta ideal: además de servir para fondos de piedra, no se engancha con facilidad. Por el contrario, sus ganchos ayudan a que el plomo rebote y evite meterse en las grietas. Al recoger la línea, basta con mantenerla tensa para que los ganchos se liberen y el aparejo atraviese sin problemas la zona rocosa.

El pique del sargo es potente y nervioso, con corridas laterales y bruscos tirones; nunca se debe aflojar la línea, porque el pez intentará refugiarse en grietas donde puede cortar el hilo en cuestión de segundos.

Las carnadas más rendidoras son el camarón, el mejillón y la almeja, aunque también dan resultado cangrejos pequeños o pulgas de mar. El aparejo puede variar según la distancia: a flor de agua con boya para zonas cercanas (5-6 m), a currica cuando el pozo está a media distancia (15-20 m), o a fondo si el punto de pesca queda más lejos. En los roquedales, sin embargo, siempre se prefiere la pesca “a flor”, ya que reduce el riesgo de enganches.

El sargo es un pez goloso pero desconfiado, de gran fuerza y carácter. Prefiere aguas agitadas, turbias y oscuras, especialmente cuando el mar se encrespa en otoño. En noches de luna llena y aguas calmas suele mostrarse esquivo, refugiándose en zonas profundas. Los ejemplares jóvenes suelen moverse en grupos cerca de la costa y miden entre 10 y 15 cm; los adultos, más solitarios, alcanzan los 20 cm o más.

Para el pescador submarino, el sargo es una presa exigente y noble. Acercarse a un ejemplar grande requiere sigilo y reflejos: cuando da una oportunidad de tiro, esta es mínima y exige decisión instantánea. Se refugia con rapidez en cuevas y grietas, saliendo por otras aberturas y despistando incluso a buzos experimentados.

Y si la jornada termina con éxito, el premio no es solo la adrenalina del pique. La carne del sargo es de excelente calidad: firme, blanca y sabrosa. Conviene cocinarlo entero y fresco a la parrilla, donde el cuero se desprende casi solo, dejando el pescado limpio y listo para servir con apenas sal, limón o una salsa suave.

Así, entre mareas y roquedales, el sargo representa lo mejor de la pesca costera: técnica, instinto y respeto por el mar. Una experiencia que, tanto para el pescador local como para el turista aventurero, convierte a Piriápolis y su entorno en un verdadero paraíso y capital de la pesca variada.

ANCHOA / BUREL

En nuestras costas, este pez recibe distintos nombres según su tamaño: burel, burelón o anchoa. Cuando alcanza los 35 centímetros, ya está sexualmente maduro, y es entonces cuando los pescadores lo reconocen como anchoa propiamente dicha.

La anchoa (Pomatomus saltatrix) es un depredador nato, veloz y voraz, conocido por su ataque certero al pejerrey, su presa favorita. Es común, en los meses de invierno, recoger un pejerrey desde la canaleta o el pozo y notar que le falta media pieza: señal inequívoca de que una anchoa anda cazando cerca.

Prefiere aguas claras y saladas, donde puede aprovechar su aguda vista para cazar. Allí donde haya pejerreyes o incluso lisas, cerca de la costa, probablemente haya una anchoa al acecho. Este comportamiento hace que muchas veces se encuentre muy próxima a la orilla, lo que permite disfrutar su pesca tanto desde playa como desde zonas de piedra.

Aunque puede capturarse a fondo, la anchoa caza en superficie o subsuperficie, siguiendo al pejerrey. Por eso, las líneas deben presentar la carnada a media agua o más arriba. Muchos pescadores emplean boyas o incluso curricas (líneas de arrastre), buscando mantener el cebo suspendido, justo donde el pez patrulla.

Es una pesca muy activa y visual: veremos la boya moverse bruscamente, la línea tensarse y desviarse con rapidez. La anchoa no nada en línea recta ni se entrega fácilmente; su pelea es dinámica, intensa y llena de corridas laterales, lo que la convierte en una de las capturas más deportivas y emocionantes del invierno costero.

.La anchoa es 100% carnívora, un pez exclusivamente cazador que responde mejor a carnadas blancas, imitando la carne y el brillo de los pequeños peces de los que se alimenta.

Entre las carnadas naturales más rendidoras:

Tiritas de pejerrey fresco, cortadas finas y atadas firmemente al anzuelo para que se muevan como una “banderita” viva. Camarón fresco, aunque menos usado.

También responde con fuerza a señuelos artificiales, especialmente si el tiro permite buena distancia.

Los más efectivos son: cucharitas metálicas que emiten destellos y vibraciones; señuelos tipo pez, de 9 cm o más, que trabajen justo bajo la superficie; gomas blandas (soft baits) con movimiento ondulante; y cualquier señuelo que brille y se mueva como un pez herido despertará su instinto cazador.

No es necesario cambiar de equipo si se está pescando pejerrey. Las mismas cañas livianas de 3,90 a 4,20 m con reeles frontales o rotativos y nylon de 0,25 a 0,30 mm son suficientes. Lo importante es reforzar la línea con una linga de acero flexible (7×7) de unos 70 centímetros, que actúe como reinal. Esta linga anudable es blanda, similar a una tanza gruesa, y evita que la anchoa, con su poderosa dentadura, corte el aparejo.

Una boya colocada en la línea madre ayudará a elevar el cebo, manteniéndolo en la zona donde la anchoa caza. Si se arma una línea corrediza, los topes deben permitir movimiento para ajustar la profundidad según el estado del mar.

En cuanto al anzuelo, uno de pata larga y tamaño intermedio permitirá capturar tanto bureles y burelones como ejemplares adultos de anchoa.

Los signos de su presencia son claros:

Agua clara y salada.

Presencia de pejerrey en la zona.

Restos de peces mordidos o bancos agitados.

Remolinos o movimientos inusuales en la superficie.

Si observás estas condiciones, conviene tener siempre una línea armada para anchoa en el bolso. Basta con cambiar el reinal del anzuelo superior por uno con boya y linga, y probar suerte.

Durante el invierno, especialmente en días fríos y de aguas transparentes, la anchoa se vuelve más activa. Su velocidad, potencia y ataques en superficie hacen de su pesca una de las más espectaculares y adrenalínicas del litoral uruguayo.

Desde embarcación, la pesca con currica ofrece un espectáculo aparte: ver cómo la boya dispara de golpe al ser atacada por una anchoa es una de esas experiencias que quedan grabadas en la memoria del pescador. Con una línea reforzada, anzuelo resistente y carnada blanca en movimiento, la probabilidad de éxito es alta.

La anchoa no solo ofrece una pelea inolvidable, sino también una carne sabrosa y firme, ideal para preparaciones simples a la plancha o al horno. Pero más allá del plato, lo que queda grabado es su ímpetu salvaje y su velocidad fulminante, símbolo del invierno en las playas del oeste de Maldonado.

LISA

Entre las especies más desafiantes y apasionantes del litoral uruguayo, la lisa (Mugil liza) ocupa un lugar de privilegio. Quien haya intentado pescarla sabe que no se entrega fácilmente, y que lograr un pique de lisa es un verdadero logro reservado a los más pacientes y experimentados.

De ahí su prestigio: es una de las especies más combativas y difíciles del país, célebre por su resistencia y por la sutileza con la que se presenta el pique. No es una pesca para novatos, sino para quienes disfrutan de la observación, la estrategia y el dominio del arte fino de la pesca con boyas.

A diferencia de la mayoría de los peces deportivos, la lisa no se alimenta de presas ni de sólidos. Su dieta consiste en barro, lodo y sedimentos del fondo, de donde obtiene materia orgánica y diminutos seres vivos. En la costa de Piriápolis y alrededores, se la ve alimentarse del musgo y algas que crecen entre las rocas, especialmente en bahías pequeñas, canales y desembocaduras de arroyos.

Esto explica su comportamiento peculiar: la lisa no pica para comer, sino que succiona o tantea lo que le llama la atención. Por eso, las carnadas tradicionales -como camarón o filete de pejerrey- no funcionan, y la clave está en el engaño, la sutileza y la paciencia.

En el entorno de Piriápolis, las lisas comienzan a mostrarse con los primeros calores de octubre, cuando salen de su letargo invernal. Desde entonces y hasta abril, se las encuentra activas en bahías, canales costeros y zonas de agua salobre, especialmente en desembocaduras de arroyos como el Solís Grande, Tarariras o el Zanja Honda, y en los pequeños desbordes que se forman tras las lluvias.

Las mejores jornadas se dan en días templados y nublados, previos a un cambio de presión, cuando el agua se mantiene tibia, clara y sin mucho oleaje. En días fríos o tormentosos, suelen permanecer quietas.

La pesca de lisa requiere precisión, paciencia y equipos livianos pero firmes: cañas de 3 a 4 metros, de acción media o similar a las usadas para pejerrey; reel: liviano, con freno suave; líneas madre de 0,50 mm con brazoladas de 0,40 mm; el multifilamento es recomendable, para lograr clavadas firmes y resistir las fuertes corridas; los anzuelos deben ser chicos, fuertes y bien afilados con la punta oculta dentro de la carnada; y las boyas deben ser verdes, negras o blancas, ya que las rojas distraen al pez.

Según la zona y la corriente, se pueden usar distintos aparejos. Línea de fondo: 4 anzuelos, 4 boyas redondas, bajadas de 5–15 cm, plomo de 40 g y boya elevadora (para aguas quietas); Volcada: 4 anzuelos, 4 boyas redondas, mismas bajadas y boya para cursos con corriente; y Flote: 4 anzuelos, 4 boyas redondas, boya corrediza y plomo de hasta 30 g (para desbordes o aguas bajas).

En desembocaduras de los Arroyos Solís Grande y El Potrero funciona muy bien la línea aérea: una boya esférica superior con nudos corredizos para ajustar profundidad, un plomo al fondo y una serie de 4 a 6 anzuelos distribuidos a lo largo de la columna de agua, ideal para profundidades de hasta 2 metros.

Conviene mantener la caña a 45°, en un posacañas de horqueta, atentos al primer tirón. El pique suele ser brusco y sorpresivo, pero en aguas bajas o calmas puede ser apenas un leve movimiento de la boya.

Aunque parezca contradictorio, la lisa se tienta más por curiosidad que por hambre. Por eso, la carnada debe atraer visualmente y desprender olor o líquido espeso.

Las más efectivas son:

Hígado fresco de vaca cortado en pequeños trozos y teñido con colorante rojo o amarillo para tortas.

Corazón o pesceto coloreados, también efectivos.

Pancita de lisa, extraída de ejemplares previos y teñida de rojo: considerada una de las más rendidoras.

Lombriz de tierra, simple pero confiable.

Muchos pescadores agregan esencias sabor vainilla, que curiosamente aumentan la curiosidad del pez.

En canales o aguas calmas, se puede usar una ristra de anzuelos con distintas carnadas para cubrir varios niveles.

El secreto de la lisa está en la discreción y la paciencia. Es un pez altamente perceptivo, por lo que conviene evitar movimientos bruscos y ruidos. Una vez lanzado el aparejo, mantenerse agachado o fuera de su campo visual es clave. Si no hay pique en unos minutos, cambiar de lugar unos 10 metros puede hacer la diferencia.

La observación del agua es fundamental: pequeñas corridas, burbujas o remolinos delatan su presencia. En los desbordes y bahías de Piriápolis, a menudo se las ve asomar el lomo o las aletas, jugando con las boyas o succionando superficialmente.

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